Mientras me preparaba para escribir este post, no pude evitar ponerme a leer el que hice hace exactamente un año y me parece mentira que ha pasado ya tanto tiempo desde que escribí «veremos qué pasa en Mayo 2015» porque, en pocas palabras, MUCHAS cosas han pasado desde entonces.

Foto cortesía de Managua Runners

Para los que no recuerdan la historia, en 2014 me inscribí en el PerroCross, la primera carrera a campo traviesa con perros que se organizó en Nicaragua. Todo iba relativamente bien (entrenando inconstantemente, pero con optimismo), hasta que la noche antes de la carrera, los nervios se apoderaron de mí al punto que logré somatizar toda la ansiedad en forma de fiebre de 39 grados y al final fue mi hermano quien terminó corriendo en mi lugar. Por acá el link al post anterior.

Recuerdo haberme sentido especialmente decepcionada de mí misma en aquel entonces y he descubierto con el tiempo que es algo que tiendo a hacer cada vez que tengo miedo de fracasar: siempre encuentro una forma de boicotear la situación para evadirla. Pero decidí aprovechar la oportunidad para imponerme el reto de seguir entrenando, no solo como una forma de ejercicio físico, sino para poner a prueba mi fuerza de voluntad y fortalecer mi autodisciplina y obtener la «redención» al sentir ese orgullo de haber terminado lo que empecé.

Debo admitir que me tomé largos períodos de pausa por muchas razones, entre ellas una fuerte depresión a la que para futuras referencias llamaremos «el período oscuro»; pero en general, logré mantenerme constante durante todo el año (en otro momento les compartiré las principales lecciones que he aprendido en el proceso).

Y así, luego de toda una vida de proclamar casi orgullosamente que no servía para ningún tipo de actividad deportiva, me descubrí el domingo pasado corriendo y saltando felizmente junto a Memo a lo largo de subidas y bajadas por los 5.7 kilómetros de senderos de la carrera.

Obviamente no ganamos, pero ese no era el punto. El punto es que todo lo que había visualizado durante los meses de entrenamiento, la euforia, el sudor, el sprint final y el sentimiento de gloria al cruzar la menta, se quedaron cortos en comparación con la realidad. La carrera no era contra los demás participantes, era contra el fantasma de mi fracaso anterior… y puedo decirles que en ese momento, incluso ahora, cada metro recorrido durante este año valió la pena.

Hoy no solo me veo completamente diferente (finalmente logré hacer las paces con mi color natural de pelo, y suelo ver la luz del sol más seguido) sino que, a pesar de que aún cargo con muchos de mis demonios, me siento como una persona diferente. Orgullosa de mi cuerpo, de mi capacidad física y de poder decirme a mi misma: lo lograste. Y bueno… veremos qué pasa de aquí a 2016!!!

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