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Es abril 2019 y mi Instagram no deja de mostrarme fotos de flores de cerezo, cosas que “no me pueden faltar en primavera”, la cuenta regresiva para la última temporada de Game of Thrones y para Avengers Endgame. Todo eso estaría muy bien, de no ser porque también se acerca el primer aniversario de la masacre en Nicaragua, y cada día que nos acercamos al 18 se me mezclan más los recuerdos y los sentimientos.

Recuerdo perfecto cuando todo comenzó. Estaba en mi casa viendo las noticias llena de indignación y de incredulidad. Luego fue 19, y no podía creer que las cosas no se calmaron después del primer asesinato. Recuerdo que el 20 manejaba con lágrimas en los ojos hacia mi casa mientras la gente salía a las calles con sus banderas. Sentía rabia e impotencia por no poder unirme, pero también orgullo y esperanza por sentir que todos los que habíamos sido indiferentes tantos años estábamos despertando.

Mientras me preparaba para almorzar me llegaban más y más videos, uno más desgarrante que el otro. Fue demasiado y en ese momento exploté en llanto. Pensé que eso sería lo más horrible que sentiría ese día, pero de regreso en el trabajo estaba en una reunión cuando me llegó la noticia de Alvarito.

Los siguientes meses fueron una pesadilla. Una pesadilla colectiva. Durante meses tuve que contener mi dolor, y cada día me enfermaba más y más. Me estaba envenenando por dentro y sabía que no podría seguir así. La marcha del 30 de mayo fue la gota que derramó el vaso.

A veces me sigo preguntando si hice lo correcto al renunciar. Después de todo, nada cambió a raíz de eso excepto por el hecho de que ahora tengo 30 años y aún soy completamente dependiente de mi familia porque no estoy generando ingresos. Durante meses me hice la fuerte y pretendí sacar adelante mi blog, pero no he tenido estómago ni cabeza para hablar de maquillaje o ropa cuando eso ya no es parte de mi realidad. No es que me hayan dejado de gustar (basta con ver mi Pinterest para saber que mis antojos siguen ahí) pero en este momento de mi vida no tengo ni ganas, ni dinero.

Pasé meses tirada en un sofá “buscando qué hacer con mi vida” así que en enero decidí empezar a estudiar. No estaba en mis planes (la verdad nada de esto lo estaba), pero supongo que es lo mejor que puedo hacer en este momento. Educarme, prepararme y aprender lo más posible para algún día poder apoyar en la reconstrucción.

 

En cuanto al blog, no ha muerto pero sigue en el limbo… igual que yo. Trato de compartir en mis redes aquellas cosas que siento que pueden ayudar a alguien, las cosas que voy aprendiendo y un poco de mi experiencia en un país ajeno. Pero trato de hacerlo de la forma más orgánica posible y sólo cuando se siente natural. Atrás quedaron los días en los que me obsesionaba con crecer en visitas y seguidores, con conseguir llamar la atención de las marcas y con poder vivir de eso. Ahora solo intento fluir y ser honesta conmigo misma y con quienes aún me leen.

También estoy empezando varios proyectos no relacionados. Supongo que lo importante es seguir intentando cosas a ver cuál pega, ¿no? Volví a jugar Los Sims después de varios años, así que abrí un canal de YouTube (se llama DLF Gaming y solo tiene como 3 suscriptores jaja) para ver si logro conectarme con otra gente como yo. También estoy trabajando a larga distancia con otra nicaragüense en un proyecto muy especial en el que pretendemos ayudar a otras mujeres haciendo lo que mejor sabemos. Y bueno, aparte de eso vivo en un constante estado de brainstorm buscando ideas de cómo hacer dinero para mientras, que van desde una tienda en línea hasta vender chocobananos; aunque aún no he implementado ninguna.

Durante los últimos meses he aprendido a hacer las paces con el hecho de no estar en paz. Tomo los días buenos y los días malos lo mejor posible, porque al menos tengo días. Trato de no caer en la desesperanza ni en la negatividad y cuando me invade la tristeza pongo mi cerebro a trabajar cosas productivas para distraerlo y cansarlo. He aprendido muchísimo acerca de economía, política, historia, y tantas cosas que antes de abril “no eran lo mío”. Trato de ser una buena embajadora de Nicaragua y siempre ser cortés y amable con todo el mundo, aún con quienes me tratan mal por el simple hecho de hablar diferente. Trato de servir lo más posible (principalmente haciendo quehaceres del hogar), porque he descubierto que el servicio es la mejor medicina para la ansiedad.

Hoy me siento más útil, más humilde y más persona. Me siento increíblemente afortunada y agradecida por todo lo que tengo, pero a la vez infinitamente culpable por tener tanto cuando otros no tienen nada. Supongo que es algo con lo que también tendré que acostumbrarme a vivir.

Fue muy duro dejar ir mi sueño de tener una casa propia y de comenzar una familia justo cuando estaba tan cerquita de cumplirlo; pero comparado con lo que han perdido otros no es nada. Al menos yo sigo respirando y soy capaz de agarrar pedazos de sueños de aquí y de allá para armar nuevos. Tengo que respirar, seguir trabajando, aprendiendo, riendo y soñando; tengo que hacerlo por todos aquellos que ya no pueden y porque Nicaragua nos necesita sanos y cuerdos, ahora más que nunca.

Duele respirar, pero hay que seguir haciéndolo.